¿Cuán versátil es tu zona de confort?

Saludos queridos mirones:

 

Llevo unos días dando vueltas al manido concepto de la zona de confort y estoy llegando a mis conclusiones. Veo que de nuevo están en juego los valores que forman nuestra evolución como personas; la cabal necesidad de seguridad, frente a la irrazonable osadía de nuestro espíritu emprendedor; el equilibrio placentero del control que anuncia nuestra mortalidad, frente al necesario caos, fuente de nuestro renacer más versátil. A cual más adictivo.

Toda necesidad produce un beneficio al ser satisfecha, y para esto creamos escenarios cuyos frutos nos alimentan y en los que somos actores aportando soluciones, despejando problemas con eficacia, automatizando y confiando en nuestras aptitudes. Cuando las necesidades de nuestros demandantes, como inquilinos caprichosos y exigentes, evolucionan o desaparecen, nuestro otrora eficaz planteamiento se torna obsoleto. Decimos entonces, habernos acomodado en nuestra zona de confort. ¿Salimos?

 

Salir o no de la zona de confort.

Personalidad y madurez ¿determinantes?

 

Ahora, que muchas personas se vieron obligadas por la situación económica a salir de ese espacio de control, podemos pararnos unos minutos a reflexionar sobre un concepto del que se ha estudiado y escrito mucho; sin embargo, creo necesario abordarlo desde una perspectiva diferente, pues ni todos los individuos son iguales, ni las circunstancias a lo largo de la vida son las mismas.

Y es que no para todos los individuos este proceso es igual. Todo dependerá de la resistencia que nuestra posición ofrezca al cambio. Habrá quién a lo largo de su existencia salga de sus zonas de confort en multitud de ocasiones, siendo ese estado variable, su estilo evolutivo. Otros, por el contrario, no conciben por incierta, una vida sometida a cambios y vaivenes. Para estos últimos, el hecho de pasar de su espacio conocido a otro por conocer, puede suponer incluso un trauma que coarta su evolución y burla las satisfactorias recompensas que provocarían las nuevas experiencias, el aprendizaje y un enriquecimiento personal que de otra manera no hubiesen tenido lugar.

Hablamos de duelo por la pérdida de una situación estable, donde las cosas suceden de una manera a la que ya estamos acostumbrados. Pasamos por un momento crítico en el que hay que tomar una decisión: permanecer o cambiar. La situación personal de cada uno, el estado emocional o la predisposición a romper con la rutina serán determinantes a la hora de tener que salir de esta zona agonizante.

Concibo nuestra zona de confort como espacio vital o profesional, finito y controlable, con fronteras definidas hacia nuestro entorno. Y son estas fronteras formadas de prejuicios y obligaciones adquiridas con los años las que determinan nuestra versatilidad ante los cambios y demandas del exterior. Es por esto que quizá la juventud sea una época en la que estamos más dispuestos a explorar, debido a la permeabilidad de un caparazón que llegada una edad nos obliga a ser más protectores, centrados en cubrir las necesidades de los otros (padres, hijos), antes que las nuestras.

Permanecer sin reaccionar a los cambios nos devalúa ante las demandas de nuestro entorno, mermando nuestro desarrollo y crecimiento como personas o profesionales. Entonces, cerradas nuestras mentes y fronteras, se produce un choque contra nuestra permeabilidad, desde fuera y desde dentro.

¿Tu frontera es permeable?

 

A lo largo de nuestro viaje vital o profesional, nuestras maletas se van llenando de experiencias; un equipaje que cada vez pesa más, requerimos más sosiego, instantes en los que lo cotidiano se convierte en lo extraordinario y nos acomodamos. Perdemos energía y motivación impermeabilizando nuestro conocido espacio de actuación, protegiendo lo que termina acabando con nosotros, cuando con dejar entrar nuevas tecnologías, aires renovados, ideas innovadoras de terceras personas o proyectos ambiciosos lograríamos sobrevivir, ser versátiles y más competentes. También seríamos más felices.

Llegados a este punto de la reflexión, estaremos de acuerdo en que cierto eclecticismo o amplitud de miras nos dotará de la actitud necesaria para abordar la posible catarsis de nuestra zona de confort. Y es que no se trata de salir, sino más bien de adaptarse y evolucionar para hacer frente a las nuevas demandas.

Y nos queda lo más importante, nosotros mismos. Si hemos decidido evolucionar, crecer, cambiar; ocuparemos nuevos espacios de conocimiento que se desarrollarán en posiciones ahora ajenas o extrañas. Por tanto debemos flexibilizar nuestras fronteras personales y profesionales para que puedan adaptarse a la novedosa realidad sin traumatismos.

No nos engañemos ni confiemos, pues aunque con el paso de los años, creamos que está todo hecho y no queda nada por aprender, de vez en cuando la vida nos da un toque de atención y nos avisa de que hay que romper de nuevo el cascarón, salir, explorar, y en definitiva, ¡vivir!.

 

Imaginad una eficaz y productiva zona de confort… no es eterna.

Ahora hacedla permeable y será versátil;  hacedla flexible y evolucionará.”

 

Beatriz García y Miguel Angel Asenjo

2 comments

  1. […] *** Gracias a Ana Pajares y Livia Hernández por sus aportaciones. Saludos queridos mirones: Llevo unos días dando vueltas al manido concepto de la zona de confort y estoy llegando a mis conclusiones. Veo que de nuevo están en juego los valores que forman nuestra evolución como personas; la cabal necesidad de seguridad, frente a la irrazonable osadía de nuestro espíritu emprendedor; el equilibrio placentero del control que anuncia nuestra mortalidad, frente al necesario caos, fuente de nuestro renacer más versátil. A cual más adictivo.Toda necesidad produce un beneficio al ser satisfecha, y para esto creamos escenarios cuyos frutos nos alimentan y en los que somos actores aportando soluciones, despejando problemas con eficacia, automatizando y confiando en nuestras aptitudes. Cuando las necesidades de nuestros demandantes, como inquilinos caprichosos y exigentes, evolucionan o desaparecen, nuestro otrora eficaz planteamiento se torna obsoleto. Decimos entonces, habernos acomodado en nuestra zona de confort. ¿Salimos?  […]

  2. […] Llevo unos días dando vueltas al manido concepto de la zona de confort y estoy llegando a mis conclusiones. Veo que de nuevo están en juego los valores que forman nuestra evolución como personas; la cabal necesidad de seguridad, frente a la irrazonable osadía de nuestro espíritu emprendedor; el equilibrio placentero del control que anuncia nuestra mortalidad, frente al necesario caos, fuente de nuestro renacer más versátil. A cual más adictivo.  […]

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